miércoles, 20 de abril de 2016

UNIVERSO: ‘LOS TERREMOTOS, ENEMIGOS MORTALES DE LOS HUMANOS’






La palabra terremoto, significa movimiento de tierra, es decir de la corteza terrestre, comprometiendo a todo lo que esté sobre ella.
Los expertos nos comunican que pueden ser de origen volcánico, movimientos de ‘las placas terrestres’, hasta de muy pequeña magnitud, causados por el calentamiento de la corteza y su brusco enfriamiento por presencia imprevista de nubes que suprimen el calentamiento solar.
Pero, ¿así de simples? ¿Y en sus simplezas, tan feroces?
Podemos, sobre la información científica, aventurar una hipótesis que nos acerque a la comprensión de este grave fenómeno, sin que quizás nos sirva de mucho, en la práctica. La información que dan los científicos, es simplemente aterradora; nos dicen: “La escala para cuantificar los terremotos, va desde cero a 10 grados Richter; significando que un terremoto de grado 10, no deja en pie, nada de lo construido por el humano”. Para calmar un poco, se puede comunicar que no existe en la historia un solo caso de un terremoto de la máxima intensidad; la humanidad, más se destruye ella misma.
Partamos de la premisa de que en algún momento del tiempo cósmico, la Tierra era ya un planeta de materias. Inicialmente, muchas de las 92 clases naturales, al estado gaseoso, líquido, y tal vez alguna de ellas al estado de crema o de mazamorra, antes que sólidas.
Recordando las clases de química elemental de la secundaria, se nos dijo que las materias eran de dos clases, entre otras clasificaciones: Metales, como el hierro, níquel, plomo, cobre, aluminio…y No Metales, como el silicio, carbono, potasio, calcio, nitrógeno, oxígeno, etc. Una de las características diferenciales de estas clases de materia, eran sus densidades: los metales de gran densidad; mientras que los no metales presentaban una densidad mucho menor; es decir si se colocan ambas clases al estado líquido, los No Metales, flotan sobre los metales; como lo hace la nata sobre la leche líquida, después de hervirla, y así se queda después del enfriamiento; fría por fuera en la nata y muy caliente, y de calor aislado, en el líquido.
También es previo saber, que el hierro es el metal que forma todo el gigantesco núcleo terrestre de unos doce mil kilómetros  de diámetro— mientras la corteza tiene alrededor de 70 kilómetros—; es decir, es tan abundante que casi forma todo el planeta; flotan sobre su masa los demás metales en un gran estrato; contiene la energía gravitacional y magnética del planeta; entre tantas otras cosas.
 Pero lo más importante, para explicar los terremotos: el núcleo de la Tierra es un enorme depósito de energía térmica, desde el nacimiento de este astro, hasta ahora; la corteza le ha servido de aislante térmico por eso se mantiene con inmensas cantidades de calor, que siempre ha expelido por los volcanes y lo sigue haciendo indefinidamente, en su tendencia al enfriamiento total. Al estar el núcleo al estado pastoso y líquido a altísimas temperaturas, su volumen es enorme, por dilatación, respecto a frío o más frío.
Podemos imaginar a nuestro planeta, sin dar graciosas cantidades de tiempo, un planeta en enfriamiento; la corteza separada y ya sólida, pero a enorme temperatura; bien reposada sobre el núcleo; a semejanza de una mandarina, de una uva fresca o una gran ciruela madura, que tienen la piel o ‘cáscara’, pegada a la ‘pulpa’.
Por la propia evolución del Universo y en él, la Tierra, la energía térmica tiende a neutralizarse;  es decir, se dan los enfriamientos de las masas calientes, utilizándose estas energías en las reacciones químicas llamadas endotérmicas. En el caso de nuestro planeta, este enfriamiento del núcleo, se manifestó desde el comienzo de la formación de la corteza, con la expulsión de calor con materiales fundidos a través de los miles y miles de volcanes desparramados por toda la superficie. Si consideramos este proceso en millones de años, tenemos una constante pérdida de calor del núcleo, que hoy continua, significando esto el achicamiento diametral del núcleo, la separación de la corteza terrestre, que quedó flotando entre esta y la masa fundida nuclear; a semejanza en un momento dado, de la corteza o cáscara de una mandarina y su fruto, reducido en radio por la pérdida de humedad de la fruta con el tiempo.
Es decir, se tenía al planeta con su corteza totalmente desprendida, como en una nuez seca, sacudiéndose contra el núcleo por los movimientos de traslación, rotación y vaivén en los polos. Sucedió lo lógico: la superficie sólida de la Tierra se partió en enormes pedazos que los geólogos llamaron “placas”.
 Los bordes de una de estas placas en el pacífico, prácticamente unían los polos. Al estar estas placas partidas, en el aire y girando con el planeta, se desplomaron sobre el núcleo fundido; una sobre otra. El núcleo al sentirse presionado desde arriba, primeramente se encogió, se hundió, pero como resorte impulsó hacia arriba a las placas, formándose las cordilleras: en América del Sur, La cordillera de  los Andes; en Norteamérica, la Cordillera norteamericana; formada por: Cordillera de Alaska, Montañas Rocosas, las Cascadas, Sierra Nevada, Sierra Madre, etc.
No sólo la reacción del núcleo sobre las placas que le cayeron encima y por ello se formaron cordilleras, es todo; lo más importante: en el proceso hubo arrastre y expulsión de millones de toneladas de metales que flotaban fundidos en el núcleo; lo que dio origen a las vetas, depósitos de minerales, etc.
Resumiendo, desde entonces los trozos de corteza terrestre denominados placas, quedaron flotando sobre el núcleo reducido de tamaño; continúa la expulsión de calor del núcleo por los volcanes, arrastrando algunas veces materiales fundidos; y los más grave para la vida sobre la Tierra: las placas se mueven con los movimientos del planeta y la acción térmica del núcleo; estos movimientos sin control, imprevistos, son los terremotos. Constantemente el núcleo se encoge, las placa se reasientan violentamente, provocando feroces destrucciones en sus superficies; movimientos de las masas marinas; daños a los seres humanos que habitan la Tierra.
Los humanos ignoran si las demás especies vivientes razonan, sienten, es decir tienen espíritu, como el hombre; pero claramente dan ejemplos, como los insectos, abejas, hormigas, con organizaciones sociales semejantes a las humanas, dan ejemplos de que cuando su sociedad es destruida, proceden automáticamente a repararla, retirar sus muertos; reparan sus estructuras; no se sabe si entre lágrimas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario