La palabra terremoto, significa movimiento de tierra, es
decir de la corteza terrestre, comprometiendo a todo lo que esté sobre ella.
Los expertos nos comunican que pueden ser de origen
volcánico, movimientos de ‘las placas terrestres’, hasta de muy pequeña
magnitud, causados por el calentamiento de la corteza y su brusco enfriamiento
por presencia imprevista de nubes que suprimen el calentamiento solar.
Pero, ¿así de simples? ¿Y en sus simplezas, tan feroces?
Podemos, sobre la información científica, aventurar una
hipótesis que nos acerque a la comprensión de este grave fenómeno, sin que
quizás nos sirva de mucho, en la práctica. La información que dan los
científicos, es simplemente aterradora; nos dicen: “La escala para cuantificar
los terremotos, va desde cero a 10 grados Richter; significando que un
terremoto de grado 10, no deja en pie, nada de lo construido por el humano”.
Para calmar un poco, se puede comunicar que no existe en la historia un solo
caso de un terremoto de la máxima intensidad; la humanidad, más se destruye
ella misma.
Partamos de la premisa de que en algún momento del tiempo
cósmico, la Tierra era ya un planeta de materias. Inicialmente, muchas de las
92 clases naturales, al estado gaseoso, líquido, y tal vez alguna de ellas al
estado de crema o de mazamorra, antes que sólidas.
Recordando las clases de química elemental de la secundaria,
se nos dijo que las materias eran de dos clases, entre otras clasificaciones:
Metales, como el hierro, níquel, plomo, cobre, aluminio…y No Metales, como el
silicio, carbono, potasio, calcio, nitrógeno, oxígeno, etc. Una de las
características diferenciales de estas clases de materia, eran sus densidades:
los metales de gran densidad; mientras que los no metales presentaban una
densidad mucho menor; es decir si se colocan ambas clases al estado líquido,
los No Metales, flotan sobre los metales; como lo hace la nata sobre la leche
líquida, después de hervirla, y así se queda después del enfriamiento; fría por
fuera en la nata y muy caliente, y de calor aislado, en el líquido.
También es previo saber, que el hierro es el metal que forma
todo el gigantesco núcleo terrestre de unos doce mil kilómetros de diámetro— mientras la corteza tiene
alrededor de 70 kilómetros—; es decir, es tan abundante que casi forma todo el
planeta; flotan sobre su masa los demás metales en un gran estrato; contiene la
energía gravitacional y magnética del planeta; entre tantas otras cosas.
Pero lo más
importante, para explicar los terremotos: el núcleo de la Tierra es un enorme
depósito de energía térmica, desde el nacimiento de este astro, hasta ahora; la
corteza le ha servido de aislante térmico por eso se mantiene con inmensas
cantidades de calor, que siempre ha expelido por los volcanes y lo sigue
haciendo indefinidamente, en su tendencia al enfriamiento total. Al estar el
núcleo al estado pastoso y líquido a altísimas temperaturas, su volumen es
enorme, por dilatación, respecto a frío o más frío.
Podemos imaginar a nuestro planeta, sin dar graciosas
cantidades de tiempo, un planeta en enfriamiento; la corteza separada y ya
sólida, pero a enorme temperatura; bien reposada sobre el núcleo; a semejanza
de una mandarina, de una uva fresca o una gran ciruela madura, que tienen la
piel o ‘cáscara’, pegada a la ‘pulpa’.
Por la propia evolución del Universo y en él, la Tierra, la
energía térmica tiende a neutralizarse;
es decir, se dan los enfriamientos de las masas calientes, utilizándose
estas energías en las reacciones químicas llamadas endotérmicas. En el caso de
nuestro planeta, este enfriamiento del núcleo, se manifestó desde el comienzo
de la formación de la corteza, con la expulsión de calor con materiales
fundidos a través de los miles y miles de volcanes desparramados por toda la
superficie. Si consideramos este proceso en millones de años, tenemos una
constante pérdida de calor del núcleo, que hoy continua, significando esto el
achicamiento diametral del núcleo, la separación de la corteza terrestre, que
quedó flotando entre esta y la masa fundida nuclear; a semejanza en un momento
dado, de la corteza o cáscara de una mandarina y su fruto, reducido en radio
por la pérdida de humedad de la fruta con el tiempo.
Es decir, se tenía al planeta con su corteza totalmente
desprendida, como en una nuez seca, sacudiéndose contra el núcleo por los
movimientos de traslación, rotación y vaivén en los polos. Sucedió lo lógico:
la superficie sólida de la Tierra se partió en enormes pedazos que los geólogos
llamaron “placas”.
Los bordes de una de
estas placas en el pacífico, prácticamente unían los polos. Al estar estas
placas partidas, en el aire y girando con el planeta, se desplomaron sobre el núcleo
fundido; una sobre otra. El núcleo al sentirse presionado desde arriba,
primeramente se encogió, se hundió, pero como resorte impulsó hacia arriba a
las placas, formándose las cordilleras: en América del Sur, La cordillera de los Andes; en Norteamérica, la Cordillera
norteamericana; formada por: Cordillera de Alaska, Montañas Rocosas, las
Cascadas, Sierra Nevada, Sierra Madre, etc.
No sólo la reacción del núcleo sobre las placas que le
cayeron encima y por ello se formaron cordilleras, es todo; lo más importante:
en el proceso hubo arrastre y expulsión de millones de toneladas de metales que
flotaban fundidos en el núcleo; lo que dio origen a las vetas, depósitos de
minerales, etc.
Resumiendo, desde entonces los trozos de corteza terrestre
denominados placas, quedaron flotando sobre el núcleo reducido de tamaño;
continúa la expulsión de calor del núcleo por los volcanes, arrastrando algunas
veces materiales fundidos; y los más grave para la vida sobre la Tierra: las
placas se mueven con los movimientos del planeta y la acción térmica del núcleo;
estos movimientos sin control, imprevistos, son los terremotos. Constantemente
el núcleo se encoge, las placa se reasientan violentamente, provocando feroces
destrucciones en sus superficies; movimientos de las masas marinas; daños a los
seres humanos que habitan la Tierra.
Los humanos ignoran si las demás especies vivientes razonan,
sienten, es decir tienen espíritu, como el hombre; pero claramente dan
ejemplos, como los insectos, abejas, hormigas, con organizaciones sociales
semejantes a las humanas, dan ejemplos de que cuando su sociedad es destruida,
proceden automáticamente a repararla, retirar sus muertos; reparan sus
estructuras; no se sabe si entre lágrimas.
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